La Pobla de Lillet, Castellar de n’Hug, las Fuentes del Llobregat y los Jardines Artigas

Las Fuentes del Llobregat dan lugar a uno de los ríos más importantes de Catalunya, cuya desembocadura muere cerca de Barcelona. En su origen, se ha acondicionado desde hace ya años la zona mediante pasarales de madera que permiten disfrutar de un gran espectáculo natural. En lo alto, concecta con Castellar de n’Hug. En el recorrido, varias, bonitas, llamativas y sinuosas pequeñas cataratas o saltos de agua. En fines de semana hay gente pero es asumible. El pueblo, Castellar, destaca por ser uno de los pueblos habitados más altos de la región. En la panadería, tras comprar su tradicional y característico croissant de casi un kilo de peso (800 gramos) y un fuet fabuloso, volvemos hacia abajo en coche, a la Pobla de Lillet (a unos 10 kilómetros) para disfrutar de otro pueblo, algo menos bonito, con varios puentes sobre el río, un núcleo histórico del siglo XIII, una ermita románica y que en 2005 recuperó el carrilet: un tramo ferroviario construído a principios del siglo XX para conectar con una fábrica cementera y también con Guardiola de Berguedá, y que dejó de funcionar a finales de los años sesenta. La antigua fábrica hoy alberga un museo sobre su historia y proceso de producción. Antes, en otra de sus paradas, se encuentran los Jardines Artigas, diseñados por Gaudí como regalo, según datos oficiales, a la familia que da nombre al lugar y que hospedó al genial arquitecto durante su estancia en el valle. Los Jardines, como las Fuentes y el conjunto de esta agradable escapada de montaña, son preciosos. Grata sorpresa.


“Els Quatre Gats”, un clásico del modernismo catalán, con aires bohemios y una historia algo agitada

“Els Quatre Gats” es un restaurante con mucha fama, en el centro de Barcelona, muy cerca del Porta de l’Àngel y la Catedral, entre las esquinas de las calles Patriarca y Montsió, de aires modernistas y ejemplo, muestra, de los aires bohemios, inspirados en la Francia de la época, de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Su historia, en cualquier caso, es más corta y discontínua de lo que uno podría imaginarse. Se instaló en los bajos de un edificio de planta baja y tres pisos, obra de un joven e incipiente Puig i Cadafalch, que se había construído donde antes había un convento, el de “Nostra Senyora de Montsió”, que se trasladó “piedra a piedra” primero a Rambla Catalunya con Roselló y, más tarde, fuera de Barcelona. Era dominico y de difícil encaje con los aires anticlericales de comienzos del siglo XX.

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