Santiago, el descubrimiento de unas relíquias que dio pie a la construcción de una ciudad

Llegamos a Santiago de Compostela, capital gallega, a diferencia de muchos y con mucho más mérito por su parte (no la nuestra), en avión y después desde allí hasta el centro en un autobús bastante económico, que nos acercó por el módico y sorprendente precio de un euro. Al salir, estábamos al lado, pero mal orientados y malos lectores e intérpretes del GPS nos fuimos hacia todas partes menos hacia donde tocaba. De hecho, como ya hemos dicho, apenas nos separaban unas decenas de metros del casco histórico de esta preciosa ciudad, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde mediados de los años ochenta del pasado siglo y que tiene una historia milenaria.

El origen, según todas las versiones oficiales, se debe al descubrimiento “milagroso” en el siglo IX (813 d.C.) de los restos del apóstol Santiago enterrados originalmente en esta parte de la Península en el siglo I, que fueron trasladados por mar hasta estas costas conocidas en latín por entonces como “finis terrae”: dónde se acababa la tierra conocida en la parte occidental. El apóstol había sido decapitado en Palestina en el año 44 d.C. El hallazgo transformó el lugar, que en poco tiempo pasó a tener un papel clave dentro de la comunidad cristiana del Continente, erigiéndose en un espacio de trascendental significación solo por detrás de unos pocos destinos como Roma o Jerusalén. Hasta aquella fecha, apenas se habla que había cerca, por esta zona, un pequeño poblado próximo a una de las principales vías de comunicación romanas.

El mauselo original en poco tiempo dio paso a una catedral románica, que con el tiempo fue incorporando elementos renacentistas y barrocos. Hoy es, sin duda, una de las grandes catedrales de Europa y universales, destino final de muchos peregrinos que dan por cerrado su periplo tras la visita a las reliquias del Apóstol. Millones de visitantes se acercan cada año a la ciudad, ya sea atraídos por el Camino y su dimensión más religosa, de ocio o más personal; o ya sea por otros motivos o eventos, que se organizan en la ciudad a lo largo del año. Sin duda -fue nuestro caso-, también tiene un gran potencial como destino turístico. Su naturaleza e historia tan particulares la hacen distinta a muchos otros lugares.

Las vistas desde la Plaza del Obradoiro de la fachda de la Catedral son espectaculares. Y en fechas cercanas a Navidad, todavía adquiere un aura más mágica, con el árbol y un belén iluminado en sus alrededores. El interior, gratuito, está muy bien restaurado y puede visitarse siempre que no haya oficio. En uno de los costados se encuentra el Hostal de los Reyes Católicos, del siglo XV, construído inicialmente para albergar a peregrinos y para actuar como hospital. En su acceso principal destacan unas poderosas cadenas que, según leemos, sirvieron en el siglo XVI para delimitar el espacio físico del Hospital en sus trifulcas con el Ayuntamiento. La portada es llamativa, con relieves a derecha e izquierda de figuras como Adán y Eva, San Juan Bautista o María Magdalena. Hoy es un hotel de lujo al que se puede acceder, por lo menos a echar un vistazo, al vestíbulo principal. Por cierto, como su nombre indica, fue mandado construir por los Reyes Católicos, prácticamente coincidiendo con el descubrimiento de América.

Todo el conjunto del casco antiguo es muy recomendable y puede visitarse tranquilamente en una mañana. Nosotros, con la esperanza de no querer dejarnos nada importante por ver, nos fuimos (siempre vale la pena) hasta la Oficina de Turismo. Allí nos recomendaron, además de lo que ya habíamos visitado: el Mercado de Abastos, la fachada de la Facultad de Geografía e Historia y el Parque de la Alameda. Dada la hora, ya casi mediodía, nos aconsejaron empezar por el mercado, que cerraba a las tres.

Hasta allí que nos fuimos para descubrir un espacio que data de 1941 y que supuso entonces poner bajo techo todos los distinos mercados que se celebraban y operaban en la ciudad y que lo hacían desde por lo menos tres siglos atrás. Es interesante darse una vuelta por sus distintos pasillos y dejarse llevar por el colorido y la diversidad de sus productos, mayoritariamente de proximidad. También cuenta con una zona para comer o tomar algo.

No muy lejos está la Facultad de Geografía e Historia. Su fachada, de estilo neoclásico, es de finales del siglo XVIII y sobresalen dos columnas poderosas y muy llamativas. Enfrente, como es de esperar, alumnos no paran de entrar y salir animados por la novedad y el atractivo de dichos estudios así como por la ilusión propia de la edad. Acabamos este pequeño repaso a esta gran ciudad con el Parque de la Alameda, el jardín urbano preferido de los vecinos de la ciudad, lugar habitual de paseo de famílias, amigos, parejas, etc. Data del siglo XIX y cuenta con unas vistas privilegiadas sobre la parte occidental del conjunto monumental del casco antiguo. Dicen que es su “mejor perspectiva”.


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