Bratislava (Eslovaquia)

No tiene el nombre de ciudades cercanas y con las que comparte historia como Viena o Budapest -y puede que no esté en ese nivel- pero Bratislava es ideal para una escapada de fin de semana o incluso tres días si se incluye una salida al castillo de Devín, con paseo en barco (y que mejor reservar por unos 25 euros por pasaje) por el Danubio. El centro histórico, pequeño, es perfecto para recorrerlo con calma a pie de forma tranquila y sin demasiadas prisas. Destacan, entre otras, la Plaza Mayor, el edificio del Ayuntamiento o la Puerta de San Miguel. No muy lejos, a apenas 10 minutos andando, se llega hasta el paseo que discurre paralelo al río y que es una caminata francamente agradable. Entre sus puentes, destaca uno con la Torre UFO -mirador futurista con forma de platillo volante alienígena de época comunista (1972)- y con unas vistas bonitas pero que tampoco aparecen muy recomendadas.

De hecho, si por vistas se trata, vale la pena la subida hasta el Castillo de la ciudad, en lo alto de una colina y una de las estampas características de esta ciudad, que durante mucho tiempo se llamó o conoció en húngaro como “Pozsony” o “Pressburg” en alemán. Su nombre actual data del último tercio del siglo XIX. Sobre el Castillo, adquiró sobre todo importancia entre los siglos XVI y XVIII como residencia real húngara tras la derrota frente a los otomanos cuando los Habsburgo, rendida la urbe por entonces de Buda, trasladaron la capitalidad con sus instituciones durante más des dos siglos a Bratislava (hasta 1783). En la Catedral de Saint Martin llegaron a coronarse once reyes y ocho reinas de Hungría. Tiempo más tarde, en 1811, el Castillo sufrió un terrible incendio, acabándose los trabajos de reconstrucción bien entrado el siglo XX (años 60).

Volviendo al centro histórico, vale la pena la Puerta de San Miguel, único acceso medieval en pie, de estilo barroco, también uno de los iconos de esta urbe, de 50 metros de alto y remodelada en el siglo XVIII. Por debajo discurre la calle Michalska, una de las más fotogénicas y animadas del centro. En uno de sus costados y de forma bastante visible (con un panel sobre la fachada que lo indica), hay lo que en la actualidad es un pub pero que en el pasado fue la residencia del verdugo que remataba a sus víctimas en la Plaza Mayor (ver foto en la galería). Esta puerta es la única que se conserva en la ciudad, después que la reina María Teresa las derribara todas en el siglo XIX en pos de ampliar y embellecer Bratislava que, con ella, se llenó de jardines, palacios y edificios barrocos.

Su aspecto actual, en cualquier caso, trufado de fachadas en tonos pastel, es mucho más actual: data de su independencia y separación de la República Checa en 1993 (estuvo muchos años, tras la Segunda Guerra Mundial, bajo dominio soviético). Fue, según nos contaron durante el free tour, una manera de hacerla más atractiva, buscando potenciar su dimensión turística. En esa misma línea, colocaron una serie de esculturas por el centro histórico que han adquirido gran notoriedad pero que son de 1997 y que no siempre representan a figuras reales. La más conocida, precisamente no corresponde a ninguna persona concreta ni histórica y tampoco se tiene muy claro su significado: es un obrero sacando la cabeza por una alcantarilla a ras de suelo y que se llama “Cumil”. Cada día, decenas de personas se agachan para hacerse fotos a su lado y se dice que frotarle la cabeza trae suerte. En este tiempo se ha convetido en un gran reclamo.

No muy lejos y frente a una cafetería, hay otra que en este caso sí es tributo a un personaje que vivió en la ciudad y que, según nos explicaron, era una persona que vivía en la calle, con alguna discapacidad, muy querida por sus vecinos por su amabilidad, que siempre vestía elegante y que cada día lo invitaban en esa misma cafetería todas las mañanas a un café.

En la Plaza Mayor hay una tercera escultura, que representa a un soldado de Napoleón y que se encuentra frenta a la embajada de Francia. Napoleón bombardeó la ciudad y, de hecho, para compensar los costes sobre las casas afectadas, el gobierno local las exhimió de impuestos. Casualidades o no, proliferaron los proyectiles en los lugares más inverosímiles y que hoy -fueran o no reales- todavía son visibles en algunos puntos de la capital eslovaca. Tratar de encontrarlas en uno de los retos a seguir por sus calles. En lo que a las esculturas se refiere, hay algunas más, cada una con sus particularidades y que vale la pena explorar.

En nuestro caso, seguimos nuestro periplo hacia otro espacio también reformado a finales del siglo pasado y con la misma intención con la que se colocaron las esculturas: la Iglesia Azul o de Santa Isabel se pintó de ese color para darle un aspecto distinto. Es de estilo modernista, data de los años 1909 a 1913 y hay que decir que lograron su objetivo, ya que hoy es otro de esos indispensables de la ciudad. Parece, además, que no solo la iglesia es azul sino también el atuendo del cura, su residencia o su coche. Y podría ser que incluso los invitados en ceremonias como una boda tendrían que ir acorde al tono del lugar, según nos relataron.

Castillo de Devín

Acabamos con la excursión al Castillo de Devín, que en barco por el Danubio, a la ida, se hace en alrededor de hora y media (y que recomendamos pese al precio, un poco alto), sobre todo por la experiencia de la navegación por el río pero también por el Castillo o las ruinas que se conservan. Se encuentran en la confluencia con el río Moravia y se visitan cómodamente en un par de horas sin demasiadas prisas. Existen pruebas de asentamientos desde época celta o romana pero es en la Edad Media como parte de la Gran Moravia, primer estado eslavo de Europa Central, que adquirió importancia. También, por su papel estratégico en la Ruta del Ámbar desde el mar Báltico hacia el Mediterráneo. La lástima es que a comienzos del siglo XIX las tropas napoléonicas destruyeran buena parte de él para evitar que fuera usado con fines militares.

Duranta la Guera Fría marcaba una de las fronteras entre el el Telón de Acero y el bloque occidental. Lo que hoy queda en pie data sobre todo de los siglos XIII y XVII. Y guarda una leyenda alrededor de una pequeña torre, aislada, que se conoce como de la “Doncella” y que cuenta la historia de una joven noble que se lanzó desde ella al vacio para evitar casarse con un hombre al que no amaba. Este castillo, a unos 10 kilómetros de Bratislava y sobre unos 200 metros de altura, fue reivindicado por los movimientos nacionalistas e intelectuales durante el siglo XIX. La vuelta (se puede comprar billete de ida y regreso en barco) también se puede hacer fácilmente en autobús desde el centro de un pueblo muy próximo al que se puede llegar a pìe. Bratsilava fue una muy grata y agradable sorpresa. //


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