Asturias

Finales de septiembre, últimas fechas de la temporada de verano: días idóneos para descubrir con poca gente algunos de los grandes encantos de una de les regiones de la Península más agrestes, verdes, bañada en sus costas por el Atlántico, con un punto desafiante, tierra durante siglos de pescadores… Gijón fue la primera estación de esta pequeña pero variada incursión. Día nublado, aunque de temperatura soportable y apacible. Poca actividad, mediodía. Bares y terrazas cerradas. Se notaba que la temporada se emcaninaba a su fin. La sensación, por contraste con Oviedo, la capital, era que había estado punto fabril de trabajadores, de astilleros, de minas, de industria, de pieles curtidas por el sol y manos callosas. Ahora parecía virar abruptamente hacia otra cosa, más de estos tiempos: el turismo. Oviedo, por contra, con muchas más arterias comerciales, rezumaba aires señoriales, de poder. Es de endender la rivalidad entre ambas, como también sucede en muchos otros lugares del país y del planeta. Espectaculares Cabo Vidio o la Playa del Silencio. En un día gris, imponentes. También, aunque perdida cierta autenticidad, recomendables las visitas a pueblos de mar como Cudillero, Luanco o Canvás. Y la guinda a este recorrido, el paso por Cangas de Onís y, sobre todo, los lagos de Covadonga. A estos últimos, intendencia muy bien orquestada. Aparcamientos abajo y subida organizada en autobuses: más sostenible y más ordenado. Ejemplo, modelo, para otros parajes naturales cada vez más visitados.


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